Gabinetes, Cables, Pedestales y Terminales de Fibra Óptica

Después de preguntarme si estaba bien, lo siguiente que dijo fue: “Bueno, tienes que volver. No podemos dejar que piense que puede salirse con la suya”.

Yo era un niño flaco de 12 años y me acababan de sacar una potranca luchadora de 2 años. Me arrojó a una cerca de alambre de púas. Mis jeans azules estaban hechos trizas y la sangre me corría por la pierna hasta la bota. Cuando me dijo que volviera a subir, mis ojos le suplicaban que no me obligara. No lo dije, pero esperaba que él me rescatara y lo hiciera por mí.

Mi papá era un superhéroe para mí, el hombre más fuerte que jamás había visto. Después de todo, lo había visto sacar un refrigerador de nuestra casa, bajar 2 tramos de escaleras, él solo. Así que a los 12 (antes de convertirme en un adolescente algo desafiante), hice todo lo que me dijo que hiciera sin protestar. Me alegré de verlo enganchar una larga cuerda de plomo en su cabestro mientras me decía que no me soltaría. Cuando ella comenzó a corcovear, él rompió la cuerda con tanta fuerza que casi la hizo caer. Y eso es todo lo que tomó. Después de otros 15 minutos de dar vueltas a su alrededor, supo que estaba arruinada. Ese día aprendí más sobre psicología de lo que podría haber aprendido de algún libro de texto de la universidad. Supera tu miedo y no retrocedas.

Ha habido muchas ocasiones desde ese día hace 40 años en las que sentí ese miedo por algo que tenía que hacer en el trabajo o en mi vida personal. Tal vez alguien más podría sacarme de una situación o tarea que no quería hacer por mí mismo. Otro ingeniero de Clearfield podría hacer esa presentación en una feria comercial. Podría dejar que mi jefe se ocupe de la situación de un cliente. Realmente no quiero trabajar afuera en el campo cuando hace 30 grados y llueve.

Cuando eso sucede, pienso en las cicatrices de mi pierna y en la lección que mi papá me enseñó ese día hace tantos años. Me levanto del suelo y vuelvo a subir.

Por Jim Peregrino